
Doña Inés Arosemena de Fábrega
nació el 4 de marzo de 1840 y murió en Santiago de Veraguas el 27 de agosto de 1887. El
primero de febrero de 1861 contrajo matrimonio con Don José Manuel Fábrega, caballero
honorabilísimo, de cualidades ejemplares y de irreprochables maneras. Su educación la
recibió Doña Inés Arosemena en Nueva York en el entonces renombradísimo colegio del
"Sagrado Corazón de Jesús", donde recibía educación la elite de las
capitales hispanoamericanas, desde Mexico hasta Buenos Aires.
Cuando Doña Inés recibió su diploma fué ella la designada para pronunciar la oración
de despedida, honor éste que sólo confería el Colegio a la alumna que el claustro
consideraba la primera del plantel.El discurso de que se trataba fué escrito en
correctísimo inglés, en el cual llamó la atención del auditorio, entre tantas ideas
hermosas, muy bien expresadas, la muy original entonces de la necesidad que tenían las
naciones de América de unirse e identificarse para alejar de su porvenir la influencia de
tentadores imperialismos. El día que el Dr. Justo Arosemena, su padre, retiró a su hija
graduada del Colegio del "Sagrado Corazón de Jesús" de Nueva York, le dijo la
Reverenda Madre Superiora: "Lleva usted en su hija a la primera mujer de
América".
Doña Inés Arosemena de Fábrega cuando muy niña estuvo en Lima. Llevó por varios años
vida de estudiante en Nueva York y de sociedad, algunos, en Bogotá. El resto de sus días
los pasó en Panamá y en Santiago de Veraguas, donde murió.
Hablaba español, inglés, francés, italiano y latín. Como era aficionada al estudio,
recibía del extranjero importantes revistas en diversos idiomas. De aquí que su
conversación fuera instructiva y llena de donaire y gracia. Tenía una selecta
biblioteca.
Acostumbraba tener correspondencia con hombres importantes del país que habían sido
buenos amigos de su padre, Doctor Justo Arosemena. Sus aficiones literarias y científicas
no disminuyeron nunca en ella su consagración al hogar, donde todos, desde sus
respetables suegros que con ella vivían, hasta el más humilde empleado de la casa,
sentían por ella admiración y respeto. Sus hijos, que fueron doce, tuvieron siempre en
su madre la mejor de las institutrices.
Su piedad tan ilustrada como sincera habría podido inspirarle a tan distinguida matrona,
palabras análogas a las del salmo del divino rito: "Yo he amado, oh Señor, el
decoro de tu casa y el sitio que es la habitación de tu gloria".